
“Desmiento que se haya dicho
de todo en la poesía,
desmiento que hayamos hecho
temblarles la alevosía.
Presiento que si se hallaban
tranquilos hasta este día
vendremos a dar al cuerno
con su redonda porfía,
que el canto entona desde ahora
cosas bravías.”
Patricio Manns
I
Comienza la vida nueva. En esta tierra, en la que todo nos es indiferente, en el país donde la lógica más humana no ha sobrevivido a la lógica del mercado, y la única explosión (siempre esperada) es la eterna explosión del sujeto en mil pedacitos, como dispersándose, como re-identificándose en pequeñas “comunioncillas” que a veces nos salvan, y a veces, las más, nos indiferencian, nos alienan, nos alejan. En este país dado de baja por intelectuales, políticos, opinólogos. En esta terrible ciudad nunca visitada, siempre escupida. Y en esta comuna, recoletana, la que vio morir primero al sol a los más pobres “del otro lado del río” (lachimba) y luego a la metralla, calcinados, a los “héroes” (mártires) de Corpus Crhisti. Aquí nazco y renazco yo. Traído desde el sur, desde el más hondo sur con el espesor de sus bosques, traído por sangre desde las llanuras escasas de la selva valdiviana.
Aquí nazco y renazco yo. Empieza de nuevo, hoy, esta semana, mi vida. Todo viene gestándose, sin embargo, desde allá muy lejos, cuando todavía jugaba con el “Mamel” en la Pincoya (el Manuel). El Mamel cometió un homicidio hace unos meses atrás, está preso. Su familia era de los primeros pobladores que llegaron a la toma de La Pincoya. Después vinieron los cambios de casa eternos. Mi papaPancho, ese que me dio tanto, y al que debo tanto. Mis hermanos. Su alegría intensa. Valdivia eternamente colonizada por mis porrazos, por mi miedo a la infinidad de bichos que habitan en el monte, por mi actitud temeraria con el mar, la que me azotó contra las rocas a las seis de la tarde, junto con mis primos. Mi mamá, siempre crespa, con su serena severidad, admirada siempre por su “salir-adelante”. Mi padre, mi amado padre, a veces ausente a la fuerza, que me enseñó el valor de ser un poco niño todos los días. Y la hermandad de mi novia morena, esa que inundó todos mis lechos, “los avatares del viento”, las marchas del paseo Ahumada, la tristeza del gas lacrimógeno, el “camino abrazadito de tu casa hasta mi casa”.
Y aquí estoy. Ya casi nada de lo que fui soy. Y todo lo que fui, sin embargo, soy todavía. La guitarra, esa que me acompañó un día en salones de conservatorio, en escenarios prohibidos, en la desnudez de mis noches frente a una partitura. En la admiración de los grandes maestros; el indeciso Leo Brouwer, el irrepetible Tárrega, el doloroso Sor, el moreno Villa-Lobos, y el potente, insuperable, estentóreo Bach sonando desde todas partes. La caja, el mástil, las cuerdas. El calabozo que hay dentro de una guitarra es el más indescifrable de todos; mantiene presos los sonidos más imposibles, los más inimaginables. Y sin querer, un día, por el camino del arte, la guitarra da a luz a su hija, la estética. Y de la estética, yo me pasé a la filosofía, hoy tan amada como nunca amé antes una disciplina, una filosofía propiamente dicha. Una rama de la vida, que es al final, lo que es en este árbol verde aun que soy la filosofía.
Hoy me desperté pensando en si soy algún poder especial. Un “poder-ser” ilimitado que plantean algunos filósofos desquiciados, que olvidan que la realidad es un oscuro muro, que hace golpearse en la cabeza al poder-ser que es el hombre. Todos los días.
Y es que logré todo lo que quería: ser feliz. El día martes me matriculé en filosofía en esa desarreglada universidad (otrora emblema de la izquierda, otrora desarticulada, desmembrada por la dictadura) que es el Pedagógico. He ahí una fuente de felicidad. Me pregunto si la felicidad es un instante. O si es una pregunta. O si los hombres son eterna pregunta, miles de preguntas que vienen al mundo a través de un parto doloroso. Que a su vez, constituye otra pregunta.
Lo que no es una pregunta, es el simple hecho afirmativo, categórico, de escribir esto. Y esto es una forma de decirles gracias. Gracias hermanos, gracias padres, padrotes y padrastros, gracias compañeros de vida, de hermandad, amigos de la infancia, profesores del colegio, tíos, abuelos, amigos del hoy. Gracias también a mis millones de héroes abstractos; desde Hegel hasta Patricia Troncoso Robles, desde Víctor Jara hasta Beethoven. Desde las estrellas, Antony Howkins y mi máquina del tiempo a los nueve años, hasta la más profunda tierra de Recabarren. Esto, está escrito en la noche, y está escrito para que nadie sea dueño nunca de este pedazo de trigo que soy, trigo del sur, trigo del norte, trigo de todas partes. De este pedazo de raza cósmica que me forjo. Y que me ayudan a forjar ustedes, los que quizás, leerán este humilde escrito.
10 de Enero, 2008
Comienza la vida nueva. En esta tierra, en la que todo nos es indiferente, en el país donde la lógica más humana no ha sobrevivido a la lógica del mercado, y la única explosión (siempre esperada) es la eterna explosión del sujeto en mil pedacitos, como dispersándose, como re-identificándose en pequeñas “comunioncillas” que a veces nos salvan, y a veces, las más, nos indiferencian, nos alienan, nos alejan. En este país dado de baja por intelectuales, políticos, opinólogos. En esta terrible ciudad nunca visitada, siempre escupida. Y en esta comuna, recoletana, la que vio morir primero al sol a los más pobres “del otro lado del río” (lachimba) y luego a la metralla, calcinados, a los “héroes” (mártires) de Corpus Crhisti. Aquí nazco y renazco yo. Traído desde el sur, desde el más hondo sur con el espesor de sus bosques, traído por sangre desde las llanuras escasas de la selva valdiviana.
Aquí nazco y renazco yo. Empieza de nuevo, hoy, esta semana, mi vida. Todo viene gestándose, sin embargo, desde allá muy lejos, cuando todavía jugaba con el “Mamel” en la Pincoya (el Manuel). El Mamel cometió un homicidio hace unos meses atrás, está preso. Su familia era de los primeros pobladores que llegaron a la toma de La Pincoya. Después vinieron los cambios de casa eternos. Mi papaPancho, ese que me dio tanto, y al que debo tanto. Mis hermanos. Su alegría intensa. Valdivia eternamente colonizada por mis porrazos, por mi miedo a la infinidad de bichos que habitan en el monte, por mi actitud temeraria con el mar, la que me azotó contra las rocas a las seis de la tarde, junto con mis primos. Mi mamá, siempre crespa, con su serena severidad, admirada siempre por su “salir-adelante”. Mi padre, mi amado padre, a veces ausente a la fuerza, que me enseñó el valor de ser un poco niño todos los días. Y la hermandad de mi novia morena, esa que inundó todos mis lechos, “los avatares del viento”, las marchas del paseo Ahumada, la tristeza del gas lacrimógeno, el “camino abrazadito de tu casa hasta mi casa”.
Y aquí estoy. Ya casi nada de lo que fui soy. Y todo lo que fui, sin embargo, soy todavía. La guitarra, esa que me acompañó un día en salones de conservatorio, en escenarios prohibidos, en la desnudez de mis noches frente a una partitura. En la admiración de los grandes maestros; el indeciso Leo Brouwer, el irrepetible Tárrega, el doloroso Sor, el moreno Villa-Lobos, y el potente, insuperable, estentóreo Bach sonando desde todas partes. La caja, el mástil, las cuerdas. El calabozo que hay dentro de una guitarra es el más indescifrable de todos; mantiene presos los sonidos más imposibles, los más inimaginables. Y sin querer, un día, por el camino del arte, la guitarra da a luz a su hija, la estética. Y de la estética, yo me pasé a la filosofía, hoy tan amada como nunca amé antes una disciplina, una filosofía propiamente dicha. Una rama de la vida, que es al final, lo que es en este árbol verde aun que soy la filosofía.
Hoy me desperté pensando en si soy algún poder especial. Un “poder-ser” ilimitado que plantean algunos filósofos desquiciados, que olvidan que la realidad es un oscuro muro, que hace golpearse en la cabeza al poder-ser que es el hombre. Todos los días.
Y es que logré todo lo que quería: ser feliz. El día martes me matriculé en filosofía en esa desarreglada universidad (otrora emblema de la izquierda, otrora desarticulada, desmembrada por la dictadura) que es el Pedagógico. He ahí una fuente de felicidad. Me pregunto si la felicidad es un instante. O si es una pregunta. O si los hombres son eterna pregunta, miles de preguntas que vienen al mundo a través de un parto doloroso. Que a su vez, constituye otra pregunta.
Lo que no es una pregunta, es el simple hecho afirmativo, categórico, de escribir esto. Y esto es una forma de decirles gracias. Gracias hermanos, gracias padres, padrotes y padrastros, gracias compañeros de vida, de hermandad, amigos de la infancia, profesores del colegio, tíos, abuelos, amigos del hoy. Gracias también a mis millones de héroes abstractos; desde Hegel hasta Patricia Troncoso Robles, desde Víctor Jara hasta Beethoven. Desde las estrellas, Antony Howkins y mi máquina del tiempo a los nueve años, hasta la más profunda tierra de Recabarren. Esto, está escrito en la noche, y está escrito para que nadie sea dueño nunca de este pedazo de trigo que soy, trigo del sur, trigo del norte, trigo de todas partes. De este pedazo de raza cósmica que me forjo. Y que me ayudan a forjar ustedes, los que quizás, leerán este humilde escrito.
10 de Enero, 2008
1 comentario:
Simplemente bello... Salvador Claudio, toda la admiracion para ti.
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