Al Che
“Volveré y seré millones”
Tupac Amaru, antes de ser asesinado.
La parte más triste de la historia, es la parte que refiere a sus etapas. Esta parte es la que no nos conviene a nosotros; los “Condenados de la tierra”, los abandonados, los últimos. Los que estamos al sur del mundo. Hace poco leía las reflexiones del Che en torno a un Manual de Economía de la URSS. Me quedó grabada, en especial, una apreciación suya. Decía algo así como que, en estos tiempos, se abría una nueva “contradicción” fundamental para los pueblos; La contradicción entre naciones explotadoras y naciones explotadas. Así, el Che, y con la misma generosidad que dio a luz, junto a Fidel, la Revolución Cubana, nos ofrecía a nosotros una etapa propia y auténtica. Por que en la historia las etapas están escritas desde Londres, desde París, desde Córdoba, desde Lisboa, desde Milán. Desde los países en los que floreció el pensamiento humanista, heredero de la cultura grecolatina.
Con el Che, con ese grandioso revolucionario que nos decía; ¡Nosotros, los latinoamericanos, los africanos somos los sujetos de la historia!, yo pensaba en lo mucho que hemos deambulado buscando los enemigos internos. Sartré antes del Che, ya se refería a un nuevo hombre. Y lo hacía desde la misma perspectiva que el Che; Desde una perspectiva profundamente anti-europea. Aunque Sartré era francés, sabía muy bien que su continente, el viejo continente, no era más que una farsa. Y habló de ese continente, y de esa bestia “súpereuropea” que es Norteamérica.
Las cosas van de mal en peor. El Che parece haber sido relegado a los actos multitudinarios, a las fiestas, a las poleras (remeras, para nuestros hermanos argentinos), a los afiches en la pared de mi pieza privada. Única. Individual. Esta misma desde la que yo escribo, y en la que me encierro. Esa misma en la que tú lees. Quizás con un afiche del Che cerca. Quien sabe si en ti, o en mi, ese afiche toma vida. El caso es que las cosas van de mal en peor. Los condenados de la tierra seguimos condenados, a algo mucho peor que la tierra; a la enajenación, a la economía. A la estupidez más absurda y vacía, como zombis. Como jugando a ser un no se qué en medio de la nada.
Si hasta Heidegger, un nazi arrepentido, tenía una mejor concepción acerca de la historia que nosotros, los objetos más explotados de ella. Nos mostraba la historia como algo que aún siendo pasado, sigue presente. Y nosotros, aunque Heidegger y Sartré siguen ajustando cuentas en el infierno, seguimos anclados en las “etapas”. “Hay que quemar etapas compañeros, las etapas”. “Si no respetamos las etapas todo se nos va a las pailas…vamos a terminar aislados”. ¿Aislados de qué? O mejor dicho; ¿Qué más aislados? Vamos a terminar aislados de la globalización que no queremos, del viejo continente (y el nuevo heredero del viejo), de la modernidad, de las comunicaciones. Vamos a terminar siendo unos “románticos ultraizquierdistas”. Como el Che… Que no se nos olvide; algunos “marxistas-leninistas”, en nuestro continente, fueron hostiles al proyecto del Che. Pero eso no importa. Era otro tiempo; El del KOMINTERN, la vulgaridad soviética y la inconsecuencia armamentista de la burocracia nuclear.
Y los latinoamericanos seguimos aquí. Cumpliendo una etapa que no se realizó nunca. Cumpliendo las tareas que les correspondían a los “independentistas”. En el caso de los chilenos, seguimos suicidando a Balmaceda todos los días. Por que éste cumplimiento eterno de la etapa “democrática” del “capitalismo nacional”, no es sino una auténtica condena al atraso. Al desarrollo del subdesarrollo, como diría Günder Frank.
Oh…pero se nos olvida algo. La “posmodernidad”. Es el fin indiscutido de los grandes relatos. ¡Se acabó Lúkacs, se acabó Nietzsche, se acabó el humanismo ateo y el humanismo cristiano! Debemos olvidarnos de todo eso. Eso es la historia; un pasado-pasado, un lugar remoto, una muerte de algo con fecha y lugar determinado. La historia no es “vida abierta”, no es “camino que empieza”. Es lo que ya fue. Es lo que nos dicen todos los días. Olvídate de todo; en el fondo es eso. Y se acentúa el abismo, y seguimos cumpliendo etapas. Y seguimos esperando a que “las condiciones cambien compañeros”. Y el Che y su proyecto siguen esperando. Y el colonialismo sigue su curso, y los siglos de perversión social, de indígenas violadas y “wenas naty’s” se reproducen cotidianamente.
Pero éste cumplimiento sempiterno de la etapa democrática, no lo es todo en ésta tierra. Hay ejemplos. No todo es una prolongación de la historia de la Metrópoli. Hay quienes hacen su propia historia. Lo vi en las noticias. Vi a niños de catorce años vestidos con una Hatta en Palestina, oponiéndose a los colonos. Vi a un hombre viejo, en una isla. Y por suerte, todos los días tengo el afiche del Che. Y la terrible crudeza del abismo en los cuadros de Guayasamín.
Algunos siguen, o seguimos, sin observar detenidamente esos ejemplos. Es como si ya nos hubiésemos acostumbrado a ellos. Y toda la violencia de nuestra vitalidad, de nuestro éxtasis “dionisiaco” latinoamericano, Inca, maya, pintado de colores y cacao, es reemplazada por una pacata indiferencia, vestida de frac y convertida en adicción a un viejo tiempo que no es siquiera nuestro. Y a veces, los condenados de la tierra, somos condenados a otra tierra más; a una historia que no nos pertenece, o que no nos toma en cuenta. ¡Qué terrible era leer, en aquellos libros que escribían los comunistas rusos de mediados del siglo XX, que Latinoamérica debía subordinarse a la suerte de la madre patria soviética! Que Cuba no era propiamente un país socialista. ¿Por qué? Por que no estaba en Europa. Oh Europa; Paris, je t'aime.
Es hora de avanzar. Hora de descubrir que nuestra vida es superior a la de nuestros colonos. Que nuestra etapa es una etapa siempre nueva. Ha sido siempre distinta; desde el Tahuantisuyo. Se ha llamado Tupac Amaru, se ha llamado Lautaro, se ha llamado José de Antequera, Mariátegui, y se ha llamado una y mil veces Che. Bajo el arco del sol, nos espera una lucha auténtica que hemos de descubrir dejando de cumplir la etapa sempiterna. Sacando los machetes campesinos, las manos, los puños. Y hasta el cansancio, una y otra vez repetir “hasta la victoria siempre”.
“Volveré y seré millones”
Tupac Amaru, antes de ser asesinado.
La parte más triste de la historia, es la parte que refiere a sus etapas. Esta parte es la que no nos conviene a nosotros; los “Condenados de la tierra”, los abandonados, los últimos. Los que estamos al sur del mundo. Hace poco leía las reflexiones del Che en torno a un Manual de Economía de la URSS. Me quedó grabada, en especial, una apreciación suya. Decía algo así como que, en estos tiempos, se abría una nueva “contradicción” fundamental para los pueblos; La contradicción entre naciones explotadoras y naciones explotadas. Así, el Che, y con la misma generosidad que dio a luz, junto a Fidel, la Revolución Cubana, nos ofrecía a nosotros una etapa propia y auténtica. Por que en la historia las etapas están escritas desde Londres, desde París, desde Córdoba, desde Lisboa, desde Milán. Desde los países en los que floreció el pensamiento humanista, heredero de la cultura grecolatina.Con el Che, con ese grandioso revolucionario que nos decía; ¡Nosotros, los latinoamericanos, los africanos somos los sujetos de la historia!, yo pensaba en lo mucho que hemos deambulado buscando los enemigos internos. Sartré antes del Che, ya se refería a un nuevo hombre. Y lo hacía desde la misma perspectiva que el Che; Desde una perspectiva profundamente anti-europea. Aunque Sartré era francés, sabía muy bien que su continente, el viejo continente, no era más que una farsa. Y habló de ese continente, y de esa bestia “súpereuropea” que es Norteamérica.
Las cosas van de mal en peor. El Che parece haber sido relegado a los actos multitudinarios, a las fiestas, a las poleras (remeras, para nuestros hermanos argentinos), a los afiches en la pared de mi pieza privada. Única. Individual. Esta misma desde la que yo escribo, y en la que me encierro. Esa misma en la que tú lees. Quizás con un afiche del Che cerca. Quien sabe si en ti, o en mi, ese afiche toma vida. El caso es que las cosas van de mal en peor. Los condenados de la tierra seguimos condenados, a algo mucho peor que la tierra; a la enajenación, a la economía. A la estupidez más absurda y vacía, como zombis. Como jugando a ser un no se qué en medio de la nada.
Si hasta Heidegger, un nazi arrepentido, tenía una mejor concepción acerca de la historia que nosotros, los objetos más explotados de ella. Nos mostraba la historia como algo que aún siendo pasado, sigue presente. Y nosotros, aunque Heidegger y Sartré siguen ajustando cuentas en el infierno, seguimos anclados en las “etapas”. “Hay que quemar etapas compañeros, las etapas”. “Si no respetamos las etapas todo se nos va a las pailas…vamos a terminar aislados”. ¿Aislados de qué? O mejor dicho; ¿Qué más aislados? Vamos a terminar aislados de la globalización que no queremos, del viejo continente (y el nuevo heredero del viejo), de la modernidad, de las comunicaciones. Vamos a terminar siendo unos “románticos ultraizquierdistas”. Como el Che… Que no se nos olvide; algunos “marxistas-leninistas”, en nuestro continente, fueron hostiles al proyecto del Che. Pero eso no importa. Era otro tiempo; El del KOMINTERN, la vulgaridad soviética y la inconsecuencia armamentista de la burocracia nuclear.
Y los latinoamericanos seguimos aquí. Cumpliendo una etapa que no se realizó nunca. Cumpliendo las tareas que les correspondían a los “independentistas”. En el caso de los chilenos, seguimos suicidando a Balmaceda todos los días. Por que éste cumplimiento eterno de la etapa “democrática” del “capitalismo nacional”, no es sino una auténtica condena al atraso. Al desarrollo del subdesarrollo, como diría Günder Frank.
Oh…pero se nos olvida algo. La “posmodernidad”. Es el fin indiscutido de los grandes relatos. ¡Se acabó Lúkacs, se acabó Nietzsche, se acabó el humanismo ateo y el humanismo cristiano! Debemos olvidarnos de todo eso. Eso es la historia; un pasado-pasado, un lugar remoto, una muerte de algo con fecha y lugar determinado. La historia no es “vida abierta”, no es “camino que empieza”. Es lo que ya fue. Es lo que nos dicen todos los días. Olvídate de todo; en el fondo es eso. Y se acentúa el abismo, y seguimos cumpliendo etapas. Y seguimos esperando a que “las condiciones cambien compañeros”. Y el Che y su proyecto siguen esperando. Y el colonialismo sigue su curso, y los siglos de perversión social, de indígenas violadas y “wenas naty’s” se reproducen cotidianamente.
Pero éste cumplimiento sempiterno de la etapa democrática, no lo es todo en ésta tierra. Hay ejemplos. No todo es una prolongación de la historia de la Metrópoli. Hay quienes hacen su propia historia. Lo vi en las noticias. Vi a niños de catorce años vestidos con una Hatta en Palestina, oponiéndose a los colonos. Vi a un hombre viejo, en una isla. Y por suerte, todos los días tengo el afiche del Che. Y la terrible crudeza del abismo en los cuadros de Guayasamín.
Algunos siguen, o seguimos, sin observar detenidamente esos ejemplos. Es como si ya nos hubiésemos acostumbrado a ellos. Y toda la violencia de nuestra vitalidad, de nuestro éxtasis “dionisiaco” latinoamericano, Inca, maya, pintado de colores y cacao, es reemplazada por una pacata indiferencia, vestida de frac y convertida en adicción a un viejo tiempo que no es siquiera nuestro. Y a veces, los condenados de la tierra, somos condenados a otra tierra más; a una historia que no nos pertenece, o que no nos toma en cuenta. ¡Qué terrible era leer, en aquellos libros que escribían los comunistas rusos de mediados del siglo XX, que Latinoamérica debía subordinarse a la suerte de la madre patria soviética! Que Cuba no era propiamente un país socialista. ¿Por qué? Por que no estaba en Europa. Oh Europa; Paris, je t'aime.
Es hora de avanzar. Hora de descubrir que nuestra vida es superior a la de nuestros colonos. Que nuestra etapa es una etapa siempre nueva. Ha sido siempre distinta; desde el Tahuantisuyo. Se ha llamado Tupac Amaru, se ha llamado Lautaro, se ha llamado José de Antequera, Mariátegui, y se ha llamado una y mil veces Che. Bajo el arco del sol, nos espera una lucha auténtica que hemos de descubrir dejando de cumplir la etapa sempiterna. Sacando los machetes campesinos, las manos, los puños. Y hasta el cansancio, una y otra vez repetir “hasta la victoria siempre”.
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