
Por un Trotsky Latinoamericano
Trotsky fue, sin duda, uno de los políticos rusos más importantes de todo el siglo XX. Su contribución intelectual y directiva del proceso revolucionario que condujo a la revolución de octubre, fue, después de la de Lenin, la más importante. Lideró y organizó el alzamiento del soviet de Petrogrado (o San Petersburgo, el primero de los soviets, fundado en 1905 por el mismo Trotsky), que fue el escalafón fundamental que concretaría la revolución rusa. Posteriormente, recorrió cientos de kilómetros reclutando campesinos, obreros y soldados para la formación del Ejército Rojo. También se hizo cargo de las negociaciones de paz que retirarían a Rusia de la Primera Guerra Mundial. Y pese a esa inmensa evidencia de grandiosidad revolucionaria, todavía se le mira, desde múltiples lugares (comunes) de nuestra desbaratada izquierda, como un “ultraizquierdista intelectual” o un semi-anarquista que desvirtuó las ideas del marxismo.
La vida política de Trotsky estuvo marcada, sin duda, por la abnegación a la causa revolucionaria y la dedicación a ella por sobre todas las cosas. Ni el asesinato de sus seres queridos por parte de la GPU (servicio secreto de Stalin), ni los atentados que sufrió, impidieron que siguiera desarrollando sus ideas y llevándolas a la práctica con una dedicación muy especial.
En la primera etapa de la revolución bolchevique, Lenin confió a Trotsky muchas de las tareas más importantes del proceso revolucionario. Incluso, Lenin, en sus últimos días de vida, confió a Trotsky una serie de ideas que tenían que ver con la “bucrocratización” del aparato de Estado soviético y los peligros que encarnaba Stalin. Sobre ello hay documentos que permiten comprobar estas dudas de Lenin. Casualmente, Lenin murió justo en aquella época en la que asumía un papel crítico acerca de Stalin. Trotsky, demostrando una honestidad y transparencia pocas veces vista en la historia, nunca se atrevió a acusar a Stalin de la muerte de Lenin, aunque siempre planteó sus dudas respecto a los médicos que atendían al líder bolchevique.
Trotsky es uno de los fundadores de la oposición de izquierda, que impulsó el debate al interior del Partido Comunista de la Unión Soviética, en torno a la derechización del proceso revolucionario y a la germinación de un Estado policiaco burocrático en Rusia. La oposición de izquierda tuvo alcances internacionales, y en torno a ella giraron revolucionarios latinoamericanos como José Carlos Mariátegui y Julio Antonio Mella. Mariátegui defendió entusiastamente las ideas de Trotsky en el plano de la literatura, acogió sus opiniones sobre lo que debía ser la revolución latinoamericana, y definió a Trotsky como un ejemplo del “ideólogo realizador” que debía llevar a cabo la revolución latinoamericana (En defensa del marxismo).
Trotsky nos legó su práctica revolucionaria como ejemplo, y su teoría revolucionaria, como una auténtica y original idea sobre la revolución. Mientras que el estalinismo, latinoamericano y mundial, argumentaba que los países subdesarrollados debían pasar (antes que todo) por una etapa “democrático burguesa”, conducida por un Frente Popular de alianzas entre la burguesía y el proletariado, Trotsky y el marxismo revolucionario (en el que contamos a Mariátegui, Gramsci, Che Guevara) insistieron en la necesidad de que fuera el propio proletariado, la clase revolucionaria, la que llevara a cabo los cambios sociales que, en los países europeos, realizó la burguesía vernácula. Para Trotsky la cuestión era verdaderamente sencilla: No importa el tipo de desarrollo que tenga un país, la revolución “democrática” no puede ser llevada a cabo por la burguesía “democrática” ni por los parlamentos “democráticos de la burguesía” aliados con los Partidos de Izquierda. La revolución democrática debe ser auténticamente socialista. Al igual que el Amauta peruano, Trotsky concebía que democracia y socialismo son dos cosas inseparables. La revolución debía ser, pues, permanente. Se empezaba y se terminaba realizada por los obreros y campesinos, no por la burguesía.
Para Trotsky, en resumen, no había países “maduros” e “inmaduros” para la construcción del socialismo.
Aunque a muchos de los compañeros de la izquierda chilena les parezca erróneo, Trotsky no tiene nada que ver con los posteriores sectarismos que en torno a él se formaron, ni con el verdadero “culto a la personalidad” que se forjó en torno a su imagen. Trotsky abogaba por la construcción de una nueva internacional, que luchara de verdad por la revolución socialista, no por una revolución democrática o por obtener puestos en el parlamento (posición que, como Lenin, calificó de cretina). Por eso muchas veces (pero no la mayoría de ellas) erró al definir los procesos revolucionarios y se alejó de muchos potenciales aliados (el ejemplo de su alejamiento del POUM durante la Guerra Civil y la radicalización de sus posturas políticas en torno al conflicto es más que decidor). Todos los revolucionarios cometen errores; Trotsky muchas veces previno contra el sectarismo. Pero sus seguidores fueron rompiendo unos con otros, hasta sobrevenir en el trotskismo internacional un auténtico infantilismo.
La pregunta que debemos hacernos es: ¿Debemos ser sinceramente trotskistas? Somos leninistas, somos marxistas. Somos tantos ismos y al final, eso sólo empeora las cosas por que, definitivamente, no son los ismos el barómetro de un revolucionario. Debemos pensar con Trotsky, con Lenin, con el Che Guevara. Y debemos revisar, profundamente, si nuestra tradición histórica tiene o no cosas de las que avergonzarse. Debemos interrogarnos todos; miristas, comunistas, socialistas revolucionarios, e incluso trotskistas. Y lo debemos hacer desde una perspectiva auténticamente revolucionaria. No debemos seguir viendo a ese Trotsky europeo y europeísta. Debemos apropiarnos del que está pintado en los murales de Diego Rivera. Un Trotsky latinoamericano, que sirve a la revolución latinoamericana y al socialismo (por qué no) indoamericano por el que abogó Mariátegui, el fundador de nuestro marxismo latinoamericano.
La vida política de Trotsky estuvo marcada, sin duda, por la abnegación a la causa revolucionaria y la dedicación a ella por sobre todas las cosas. Ni el asesinato de sus seres queridos por parte de la GPU (servicio secreto de Stalin), ni los atentados que sufrió, impidieron que siguiera desarrollando sus ideas y llevándolas a la práctica con una dedicación muy especial.
En la primera etapa de la revolución bolchevique, Lenin confió a Trotsky muchas de las tareas más importantes del proceso revolucionario. Incluso, Lenin, en sus últimos días de vida, confió a Trotsky una serie de ideas que tenían que ver con la “bucrocratización” del aparato de Estado soviético y los peligros que encarnaba Stalin. Sobre ello hay documentos que permiten comprobar estas dudas de Lenin. Casualmente, Lenin murió justo en aquella época en la que asumía un papel crítico acerca de Stalin. Trotsky, demostrando una honestidad y transparencia pocas veces vista en la historia, nunca se atrevió a acusar a Stalin de la muerte de Lenin, aunque siempre planteó sus dudas respecto a los médicos que atendían al líder bolchevique.
Trotsky es uno de los fundadores de la oposición de izquierda, que impulsó el debate al interior del Partido Comunista de la Unión Soviética, en torno a la derechización del proceso revolucionario y a la germinación de un Estado policiaco burocrático en Rusia. La oposición de izquierda tuvo alcances internacionales, y en torno a ella giraron revolucionarios latinoamericanos como José Carlos Mariátegui y Julio Antonio Mella. Mariátegui defendió entusiastamente las ideas de Trotsky en el plano de la literatura, acogió sus opiniones sobre lo que debía ser la revolución latinoamericana, y definió a Trotsky como un ejemplo del “ideólogo realizador” que debía llevar a cabo la revolución latinoamericana (En defensa del marxismo).
Trotsky nos legó su práctica revolucionaria como ejemplo, y su teoría revolucionaria, como una auténtica y original idea sobre la revolución. Mientras que el estalinismo, latinoamericano y mundial, argumentaba que los países subdesarrollados debían pasar (antes que todo) por una etapa “democrático burguesa”, conducida por un Frente Popular de alianzas entre la burguesía y el proletariado, Trotsky y el marxismo revolucionario (en el que contamos a Mariátegui, Gramsci, Che Guevara) insistieron en la necesidad de que fuera el propio proletariado, la clase revolucionaria, la que llevara a cabo los cambios sociales que, en los países europeos, realizó la burguesía vernácula. Para Trotsky la cuestión era verdaderamente sencilla: No importa el tipo de desarrollo que tenga un país, la revolución “democrática” no puede ser llevada a cabo por la burguesía “democrática” ni por los parlamentos “democráticos de la burguesía” aliados con los Partidos de Izquierda. La revolución democrática debe ser auténticamente socialista. Al igual que el Amauta peruano, Trotsky concebía que democracia y socialismo son dos cosas inseparables. La revolución debía ser, pues, permanente. Se empezaba y se terminaba realizada por los obreros y campesinos, no por la burguesía.
Para Trotsky, en resumen, no había países “maduros” e “inmaduros” para la construcción del socialismo.
Aunque a muchos de los compañeros de la izquierda chilena les parezca erróneo, Trotsky no tiene nada que ver con los posteriores sectarismos que en torno a él se formaron, ni con el verdadero “culto a la personalidad” que se forjó en torno a su imagen. Trotsky abogaba por la construcción de una nueva internacional, que luchara de verdad por la revolución socialista, no por una revolución democrática o por obtener puestos en el parlamento (posición que, como Lenin, calificó de cretina). Por eso muchas veces (pero no la mayoría de ellas) erró al definir los procesos revolucionarios y se alejó de muchos potenciales aliados (el ejemplo de su alejamiento del POUM durante la Guerra Civil y la radicalización de sus posturas políticas en torno al conflicto es más que decidor). Todos los revolucionarios cometen errores; Trotsky muchas veces previno contra el sectarismo. Pero sus seguidores fueron rompiendo unos con otros, hasta sobrevenir en el trotskismo internacional un auténtico infantilismo.
La pregunta que debemos hacernos es: ¿Debemos ser sinceramente trotskistas? Somos leninistas, somos marxistas. Somos tantos ismos y al final, eso sólo empeora las cosas por que, definitivamente, no son los ismos el barómetro de un revolucionario. Debemos pensar con Trotsky, con Lenin, con el Che Guevara. Y debemos revisar, profundamente, si nuestra tradición histórica tiene o no cosas de las que avergonzarse. Debemos interrogarnos todos; miristas, comunistas, socialistas revolucionarios, e incluso trotskistas. Y lo debemos hacer desde una perspectiva auténticamente revolucionaria. No debemos seguir viendo a ese Trotsky europeo y europeísta. Debemos apropiarnos del que está pintado en los murales de Diego Rivera. Un Trotsky latinoamericano, que sirve a la revolución latinoamericana y al socialismo (por qué no) indoamericano por el que abogó Mariátegui, el fundador de nuestro marxismo latinoamericano.